domingo, 7 de octubre de 2012

Hildegarda de Bingen y Juan de Ávila, ya son Doctores de la Iglesia




Hildegarda de Bingen y San Juan de Ávila ya son Doctores de la Iglesia. Así los ha proclamado esta mañana Benedicto XVI en el marco de una multitudinaria Eucaristía que se está celebrando en la Plaza de San Pedro y que supone, además, el inicio del Sínodo de los Obispos. Tras la petición formulada por el cardenal Angelo Amato, responsable de la Congregación para las Causas de los Santos, Benedicto XVI ha aceptado solemnemente con estas palabras:

Nosotros, acogiendo el deseo de muchos Hemanos en el episcopado y de tantos fieles en el mundo entero, después de haber recibido el parecer de la Congregación de las Causas de los Santos, y de haber reflexionado durante mucho tiempo y haber alcanzado el pleno y seguro convencimiento, con la plena autoridad apostólica, declaramos a San Juan De Ávila, sacerdote diocesano y Santa Hildegarda de Bingen, monja de la Orden de San Benito, doctores de la Iglesia Universal. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo".
La proclamación se produjo en la plaza de San Pedro del Vaticano, a las diez de la mañana hora española. Tras la misma, las decenas de miles de presentes en la plaza vaticana, rompieron en aplausos que duraron varios minutos y sonó música sacra.
Todas las miradas de los presentes se dirigieron hacia la fachada principal de la Basílica de San Pedro, donde cuelgan dos grandes cuadros de los nuevos doctores de la Iglesia.
Tras las lecturas de unas breves biografías de los nuevos doctores, Benedicto XVI procedió al rito de la proclamación, en latín. 

Hildegarda de Bingen (1098-1179), doctora silenciada.






Juan de Ávila es muy conocido entre nosotros, y su semblanza ha sido publicada en diversos medios. De Ildegarda en general, sabemos menos, aunque es una de las mujeres más cultas y creadoras de la Edad Media y tiene para la Iglesia mucha más importancia que San Juan de Ávila.
Ciertamente, Juan de Ávila es importante como educador, misionero y catequista... Pero su vida y acción se encuadra dentro de lo ya sabido (aunque con impulsos nuevos). Ildegarda, en cambio, nos abre hacia espacios nuevos de experiencia humana, de sabiduría femenina, de recreación cristiana. Su figura sobrepasa el ancho espacio de la Iglesia (y de sus santos), elevándose con fuerza en el campo de la poesía y de la música, de la pintura y de la espiritualidad de su tiempo.
Mirad, por ejemplo, en RD: Se dice mucho de Juan de Ávila, casi nada de Ildegarda... Me parece un agravio comparativo.
Por eso quiero presentarla hoy, recogiendo la semblanza que publiqué en mi Diccionario de Pensadores, en cuya portada aparece junto a Ratzinger y Luther King (tercera por la izquierda, en la última línea). Vayan estas líneas como homenaje a su vida creadora, intensa, en un tiempo de grandes crisis (cruzadas, nueva teología...).
Que tu presencia crezca entre nosotros, hermana Ildegarda. No necesitabas que te declararan doctora, pues lo eras, desde hace siglos, por tu vida y tus escritos, por tu experiencia de Dios y por tu defensa de las monjas, frente a los intentos de dominio de cierta jerarquía os quería sometidas. Enséñanos los caminos de Dios que tú sentías, sabías y decías, con tu propia experiencia, en tu hondo lenguaje.


LA VIDA DE HILDEGARDA
Abadesa benedictina de Rupertsberg, junto a Bingen, en Alemania. Tuvo desde niña diversas experiencias religiosas de tipo visionario. Más tarde, por orden de su confesor, escribió sus visiones de tipo teológico y dictó sus Scivias (nombre que proviene al parecer de sciens vias, conociendo los caminos). Denunció los vicios de su tiempo y anunció desastres para el futuro. Escribió también diversas obras de tipo teológico, entre ellas una Explicación del Símbolo atanasiano. Aquí nos interesan sus visiones, que siguen ejerciendo un gran influjo en nuestro tiempo, siendo editadas con cierta frecuencia .
Obras: Analecta Sanctae Hildegardis Opera, Farnborough/Hampshire 1966. En castellano: Scivias. Conoce los caminos, Trotta, Madrid 1999; Sinfonía de la armonía de las revelaciones celestiales, Trota, Madrid 2003; O desfile das virtudes. Ordo virtutum, Universidad, La Coruña 1999; Llibre de les obres divines, Proa, Barcelona 1997. Cf. F. M STEELE, The life and visions of St.Hildegard., London 1914; Ch. SINGER, The scientific views and visions of S. Hildegard, Oxford 1917, 1-55. Biografía y bibliografía en F. W. VATUS, «Hildegard», BBK II (1990) 846-851. Edición virtual: http://www.bautz.de/bbkl/h/hildegard_v_b.shtml

LA LUZ, EL ZAFIRO Y EL FUEGO
Por esta visión de la luz, Hildegarda de Bingen explica la naturaleza indivisible de la Trinidad. Podemos advertir que, lejos de limitarse a contar la visión, Hildegarda muestra una notable penetración teológica, que le permite mostrar la unidad en la Trinidad y las relaciones de origen entre las personas.
Tú ves una luz esplendente que, sin ningún rasgo de ilusión, de debilidad o de engaño, representa al Padre; y dentro de esa luz ves una forma humana, de color de zafiro, que sin rasgo de endurecimiento, de envidia ni maldad designa al Hijo en la divinidad, antes del tiempo y después en el tiempo, encarnado en el mundo, según su humanidad. Y esa forma humana arde totalmente, con un fuego suave y rojizo. Este fuego, sin rasgo alguno de debilidad, de muerte o de tinieblas, representa al Espíritu Santo, aquel por cuyo medio el Hijo de Dios ha sido concebido según la carne y ha nacido de la Virgen María en el tiempo y después ha expandido por el mundo el resplandor de luz de la verdad.
Y esta luz esplendente y este mismo fuego de color rojo llenan esta forma humana, formando así una luz única que tiene una potencia única: esto significa que el Padre, que es la equidad soberana, pero que no existe sin el hijo y el Espíritu, lo mismo que el Espíritu que abraza el corazón de los fieles, pero que no existe sin el Padre y el Hijo, y lo mismo que el Hijo, que es la plenitud de la de fecundidad, pero que no existe sin el Padre y el Espíritu Santo, son inseparables en la majestad de la divinidad. Porque el Padre no existe sin el Hijo, ni el Hijo sin el Padre, ni el Padre y el Hijo sin el Espíritu Santo.
De esa forma, las tres personas constituyen un único Dios, una misma y total majestad divina, y la unidad de la divinidad permanece indestructible en las tres personas, porque la divinidad no puede ser repartida, pues ella permanecer siempre inviolable, sin ninguna posibilidad de cambio. Y el Padre se manifiesta por el Hijo, el Hijo por el nacimiento de la creación y el Espíritu Santo por este mismo Hijo encarnado. ¿Cómo es esto? El Padre es aquel que, antes de los siglos, ha engendrado al Hijo. El Hijo es aquel por cuyo medio han sido creadas todas las cosas, al comienzo de la creación. Y el Espíritu Santo es aquel que, bajo la forma de una paloma, apareció en el bautismo de ese mismo Hijo, cuando se aproximaba el fin de los tiempos
(Scivias, 2ª parte, visión 2ª, Cerf, Paris 1996, 162-163.
Trad. parcial en V. CIRLOT, Vida y visiones de Hildegarda de Bingen, Siruela, Madrid 2001, 198).
Una columna.
De una manera original y como resultado de una visión, Hildegarda compara la Trinidad con una columna. Ella explica el sentido de esa visión que no es otro que mostrar la unidad de la Trinidad y la distinción de las personas y de sus acciones.
Entonces vi en el ángulo occidental del edificio una prodigiosa, secreta y poderosa columna de color púrpura ennegrecida, colocada de tal modo en el ángulo que aparecía hallarse fuera y dentro del edificio. Era tan grande que su altura y magnitud sobrepasaba mi entendimiento, admirablemente lisa, sin rugosidad alguna. En la parte exterior tenía tres ángulos de color de acero de la base a la cima, afilados como espadas, de los cuales uno miraba hacia el ábrego, donde había muchas hierbas secas, segadas por ese ángulo y esparcidas; otro ángulo miraba hacia el cierzo, donde habían caído muchas alitas cortadas por él; y el ángulo de en medio miraba hacia el poniente, donde yacía mucha leña podrida, talada por él, y cada una de estas cosas había sido cortada por los ángulos, debido a su temeridad [...].
La columna que tú ves en el ángulo occidental del edificio que te he mostrado, conforme a la imagen de la verdadera Trinidad, significa que el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo constituyen un solo Dios en Trinidad, y que esta Trinidad está unida, como columna perfecta del bien total, penetrando cimas y abismos y rigiendo todo el universo.
Ella aparece del lado del poniente, lo que significa que el Hijo de Dios, encarnado en el fin de los tiempos, es decir, en su poniente, ha glorificado siempre a su Padre y ha prometido el Espíritu Santo a sus discípulos, cuando este mismo Hijo, sometiéndose a la muerte según la voluntad del Padre, ha dado a los hombres un ejemplo perfecto para que, a su vez, ellos avancen rectos hacia la morada del Padre supremo, realizando en el Espíritu Santo, las obras verdaderas y justas. La columna se muestra admirable, apartada y muy sólida.
Esto significa que Dios es tan admirable en sus creaturas que de ninguna forma puede ser transformado por ellas. Dios está tan apartado que ninguna ciencia o sensación puede captarle; es tan sólido que todas las restantes fuerzas están dirigidas por él y no pueden compararse con la suya [...]. De esa forma, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo atestiguan que no se distinguen por su poder, aunque se distinguen por sus personas, porque actúan simultáneamente en la unidad de una sustancia simple e inmutable.
¿Cómo sucede esto? Porque existe el Padre que crea todas las cosas por el Verbo, es decir, por su Hijo, en el Espíritu Santo; porque existe el Hijo, por quien todas las cosas se cumplen, en el Padre y el Espíritu Santo; porque existe el Espíritu santo, por quien todas las cosas toman forma, en el Padre y en el Hijo. Y estas tres personas existen en la unidad de una sustancia inseparable, aunque de ninguna manera se puede sustituir una por la otra. ¿Cómo sucede esto?
Porque aquel que ha engendrado es el Padre, el que ha nacido es el Hijo y el que procede con fuerza ardiente y se ha mostrado sobre las aguas bajo forma de un ave inocente y las ha santificado y ha llenado a los apóstoles con el fuego ardiente es el Espíritu Santo. Porque, antes del surgimiento de los siglos, el Padre ha tenido un Hijo y el Hijo existe junto al Padre, mientras el Espíritu Santo era coeterno al Padre y al Hijo en la unidad divina. Por esta razón debemos poner de relieve que si faltara una o dos personas de la Trinidad, no existiría Dios en su plenitud. ¿Cómo sucede esto? Porque ellas constituyen la unidad de la divinidad y porque, si una de ellas faltara, Dios no existiría. Porque, aunque esas personas sean distintas, sin embargo, ellas constituyen una única sustancia, intacta e inmutable, sustancia de inestimable belleza, que perdura siempre en su unidad indivisible.
(Scivias, Cerf, Paris 1996, 534-535, 545.
Trad. parcial en V. CIRLOT, Vida y visiones de Hildegaerda de Bingen, Siruela, Madrid 2001, 232)







viernes, 24 de agosto de 2012


El Vaticano II, mirada de mujer
 
 

La iglesia católica necesitaba impulsos de renovación, de ello no hay ninguna duda en la distancia. Había pensamientos y búsquedas distintos, ensayos de aperturas, intentos de sintonías con el mundo moderno. El Concilio no sale de la nada, se prepara en procesos anteriores y/o simultáneos: Personajes como León Bloy, Maurice Blondel, Emanuel Mounier, Edir Stein, Dorothy Day, Madeleine Delbrél; teólogos como Marie Dominique Chenù, Ives Congard, Edwar Schillebeeckkx, Henri de Lubac; los movimientos laicales de acción católica especializada; la reflexión teológico-social en Lovaina; los obispos comprometidos con los pobres y la justicia en América Latina… todos estos caminos fueron cristalizando la urgencia de cambios más profundos. Es claro sin embargo que sin el talante profético de Juan XXIII no se habría hecho realidad esta necesidad sentida. 

Los años en que se gesta la teología conciliar son los mismos en los que en América Latina se gesta la teología de la liberación. Estos caminos prepararían de manera especial a la iglesia del subcontinente para la reunión de Medellín que en 1968 actualiza los principales pasos inspirados en el Vaticano II.

 La convocatoria al concilio, su preparación, sus primeros impulsos, generaron un clima de esperanza, de rejuvenecimiento, corrientes intraeclesiales que significaban dinámicas inéditas y novedosas. A pesar de los límites obvios del desarrollo y las conclusiones conciliares, los avances y lo conseguido en este tiempo de trabajo marcó a la iglesia fuertemente y permitió a los cristianos y cristianas una mayor cercanía a la sensibilidad y las preocupaciones modernas.

En las relecturas de este acontecimiento cada uno señala desde su propia sensibilidad esos límites. Jon Sobrino, por ejemplo dice lo siguiente:

La iglesia de los pobres es una clara laguna en el concilio, que no se puede llenar con textos, por muy importantes que sean por otros capítulos. La iglesia reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su fundador pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo. (LG 8). Estas palabras algo dice de la misión de la iglesia y de su espiritualidad, pero no toca su ser pobre, ni su destino de persecución por defender a los pobres. No se tenía en cuenta la dimensión histórica y dialéctica del pobre. Ni menos aún su dimensión salvífica; la iglesia debe servir a los pobres, sí, pero los pobres pueden salvar a la iglesia. [1]

En esta perspectiva de las lagunas, es mucho más lo que se puede decir de la mujer.

El concilio preparó a la iglesia para encontrarse mejor con y en el mundo moderno ante el cual había y continúa habiendo una fractura. El concilio llenó a los católicos de optimismo. Juan XXIII en su discurso inaugural alienta a los conciliares con estas palabras:

La iglesia asiste en nuestros días a una grave crisis de la humanidad, que traerá consigo profundas mutaciones. Un orden nuevo se está gestando, y la iglesia tiene ante sí misiones inmensas, como en las épocas trágicas de la historia. Porque lo que se exige hoy de la iglesia es que infunda en las venas de la humanidad la virtud perenne, vital y divina del Evangelio…

Nos creemos vislumbrar en medio de tantas tinieblas, no pocos indicios que nos hacen concebir esperanzas de tiempos mejores para la iglesia y la humanidad.[2]

 Señalo algunos ejes como los principales logros de este acontecimiento eclesial:

Ø  Reconocimiento de la dignidad de los laicos y propuesta de una imagen de la iglesia como pueblo de Dios.

Ø  Propuso, aunque ello no se logró plenamente, la democratización de las estructuras propias internas, tratando de eliminar los verticalismos extremos.

Ø  Impulsó el aggiornamento,  es decir la atención a los signos de los tiempos y la sintonía con el desarrollo del mundo actual.

Ø  Igualmente se avanzó mucho en el contacto directo de los y las católicos con la Palabra,  a partir del Concilio la Biblia se difundió entre laicas y laicos, cosa no pensable antes.

 Es claro que desde los impulsos iníciales y desde las intuiciones se realizó un esfuerzo, pero ese esfuerzo no dio de sí todo lo que se esperaba: la estructura eclesial con su peso de siglos impuso sus dinámicas de poder y exclusión. Gladys Parentelli, una de las mujeres latinoamericanas presente en los corredores del Vaticano, nos habla en estos términos de su profunda decepción:

En esa época yo me encontraba bien desorientada, decepcionada de la iglesia o de ese feo rostro de la iglesia que estaba conociendo. Recuerdo que en un oportunidad, erré durante horas por las calles de Roma, pensando en todo eso, y de repente, me encontré al borde del río Tíber, que me miraba desde su cauce de aguas turbulentas, marrones, contaminadas, y hasta, pienso, que llegué a preguntarme si tirándome al Tíber no se solucionaría, de una vez, toda esa sucia situación en la cual me encontraba. Mi desilusión era tal que eso me llevó a decidir no seguir allí perdiendo mi tiempo y regresar a Lovaina a continuar con mi trabajo. Aunque debo reconocer que esa fue una época de aprendizaje de todo tipo, especialmente acerca de los métodos de la curia. Regresé a Lovaina y ya no volví a asistir a la sesión del Concilio, que se clausuró ese mismo año. [3]

 Juan XXIII primero y Pablo VI después, con mayor buena voluntad que lucidez o posibilidades reales, nombra a 17 mujeres auditoras en el Concilio. Estos nombramientos que se hicieron por etapas, tuvieron mucha resistencia en la curia vaticana y su puesta en marcha y publicación se torpedearon continuamente. Fueron nombradas mujeres religiosas: superioras mayores y directoras y acompañantes de algunos movimientos internacionales de acción católica. Su labor fue absolutamente nominal: pudieron participar en las actividades aledañas al desarrollo mismo de las sesiones, pudieron llegar al Vaticano a algunas plenarias, pudieron estar presentes en la sala de prensa, pero nada más. No tuvieron ni siquiera la oportunidad de opinar sobre ninguno de los documentos a pesar de haberlo pedido. El nombre de auditoras pareció responder más bien a un deseo por parte de ambos Papas de un cierto testimonio de mujeres en el hecho mismo del Concilio sin que de ello se pudiera derivar ninguna intervención por su parte.

De otro lado la mención de la mujer en los documentos conciliares es totalmente marginal y circunstancial, sin que esas menciones conlleven, sugieran o motiven ninguna profundización en su verdadera realidad intra o extraeclesial. Quizás lo más significativo lo encontramos en la Constitución, Gaudium et spes, nº 29:

Es evidente que no todos los hombres son iguales en lo que toca a la capacidad física y a las cualidades intelectuales y morales. Sin embargo toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser vencida y eliminada por ser contraria al plan divino. En verdad es lamentable que los derechos fundamentales de la persona no estén todavía protegidos en la forma debida por todas partes. Es lo que sucede cuando se niega a la mujer el derecho de escoger libremente esposo y de abrazar el estado de vida que prefiera o se le impide tener acceso a una educación y a una cultura iguales a los que se conceden al hombre.   

Como en otras oportunidades hay una declaración de principios impecable: se condena cualquier tipo de discriminación por cualquier razón de sexo y u otras condiciones, sin embargo a la hora de sacar las consecuencias prácticas parece aplicarse lo contrario a lo sugerido en el evangelio: se mira más la mota en el ojo ajena que la paja en el propio. Pareciera que la discriminación de la mujer se dé más en culturas donde hay una falta de libertad ostensible que en Occidente, donde por ser más sutil no deja de ser más real.

De otro lado se reconoce la justa lucha de la mujer por sus reivindicaciones y se afirma que allí encontramos un signo de los tiempos; igualmente se sostiene que es necesario que ella tenga un espacio especial y responsabilidades concretas en el apostolado laical. Se afirma igualmente el que la iglesia siempre ha defendido y reivindicado a la mujer.

Sin embargo revisando detalladamente el Concilio desde la mirada y los intereses femeninos me voy a detener en dos limitaciones, ambas igualmente fuertes que se hicieron patentes en esos años y que siguen siendo patentes hoy.

De un lado no se reconoce a la mujer la posibilidad de un cambio radical y/o de cambios más o menos significativos en lo que respecta a entender su propia naturaleza, su vocación, su destino social. En el mensaje final de Pablo VI a las mujeres, al cierre del Concilio, se dice:

Vosotras las mujeres, tenéis siempre como misión la guardia del hogar, el amor a las fuentes de la vida, el sentido de la cuna. Estáis presentes en el misterio de la vida que comienza. Consoláis la partida de la muerte. Nuestra técnica lleva el riesgo de convertirse en inhumana. Reconciliad a los hombres con la vida. Y, sobre todo, velad, os lo suplicamos, por el porvenir de nuestra especie…

La iglesia reivindica la igualdad de la mujer y el que se le trate bien, pero todo ello sin contemplar el que pueda asumir destinos diferentes a una vida ligada a la maternidad. Las posturas católicas oficiales muestran estar ancladas en una concepción naturalista y biologista de los seres humanos, que desconoce totalmente la construcción socio-cultural de la sexualidad y del género. Por ello a las mujeres se les ligan prioritariamente con su maternidad como destino. Destino que ella debe asumir y que la limita además de que la carga de obligaciones morales y sociales. Las consecuencias nefastas para la sociedad en su conjunto las podemos ver la mayoría de los barrios de las periferias urbanas de América Latina habitadas por mujeres que sostienen el 90% de la vida y por hombres completamente irresponsables, itinerantes y ausentes.

Quizás lo que es más importante: Ni en el Concilio, ni después la iglesia católica ha asumido una tarea absolutamente urgente y  necesaria: Revisar a fondo, sin temores ni prejuicios el papel, la situación y la tremenda desigualdad de la mujer al interior de sus propias estructuras organizativas y pastorales. Mientras esta tarea no se cumpla, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que para las mujeres del mundo el Concilio no trajo una puesta al día.

La posición de la mujer al interior de la iglesia católica continúa respondiendo a un paradigma pre-moderno en el cual no se ha alcanzado la plena igualdad de derechos entre mujeres y varones. Se continúa denegando el acceso de la mujer al sacramento del orden y a la celebración de la eucaristía, elemento central de la vida cristiana. Las argumentaciones teológicas esgrimidas ya han demostrado su debilidad, igualmente las apelaciones a la tradición.

Es la cita de Sobrino con que iniciamos estas reflexiones: El Concilio impulsó muchas cosas en la iglesia, de cara a la sociedad en su conjunto, de cara a las otras formas religiosas… pero no realizó procesos de transformación estructural interna que permitiera dinamismos internos de cambios que ya eran necesarios en su momento, pero que hoy son urgentes.

Otro aspecto en el que se puede mirar el Concilio desde las mujeres, es en lo tocante a la Mariología. Fue un tema difícil, espinoso, ambivalente y al final contradictorio. Ya la declaración del dogma de la asunción en 1950 había generado mucho debate, la figura de María era además una de las barreras que separaban a los protestantes y católicos. La mayoría de los teólogos europeos influyentes en la preparación del Vaticano II apostaba porque se frenara la llamada divinización de María por parte de la religiosidad popular. Los conciliares bloquearon a María de Nazaret y quedó reducida a unos pocos numerales en el conjunto de los documentos.

La presión intelectual de los teólogos y de algunas teólogas logró racionalizar un poco más esta figura y hubo un gran avance en el sentido de que los ojos de los y las creyentes se volvieron hacia la mujer histórica, concreta y real que fue la madre de Jesús. En los años que siguieron al Concilio se profundizó mucho en la María de los evangelios y el Magnificat se convirtió en el himno de entrada a una nueva aproximación a la realidad de esta campesina judía. La Virgen de Guadalupe, la Aparecida  y otras advocaciones latinoamericanas se convirtieron dentro del paradigma de la teología de la liberación en una motivación y respaldo para la lucha de liberación de estos pueblos. En cualquier caso lo poco que se desarrolló fue una mariología centrada en Jesús.

El tema femenino  de fondo que ha acompañado siempre y acompaña la mariología, ese tema quedó intocado. En el concilio mismo y en la teología posconciliar. Catharina Halkes, una de las teólogas feministas que más ha escrito sobre la mujer María de Nazaret  y sobre su imagen nos dice:

Cuál es la verdadera María? Se ve ya la escisión en Efeso, donde María asume el puesto de la Diosa Diana o Artemisa y configura el misterio de la madre divina, que es indispensable para los hombres. Esto, de hecho da origen a dos Marías. Primero, la María de la doctrina de fe, que siempre vigila para que la persona de María se mantenga subordinada a la de Cristo, de manera que su esplendor no disminuya u oscurezca el esplendor de Cristo,  y en la que María debe su excelencia a la gracia de Dios y al nacimiento de Cristo. Segundo, además de esto está la María que vive en una piedad creciente y a veces extravagante, no sólo de parte del pueblo sencillo, sino también de hombres, santos y teólogos, como Bernardo. Esta piedad tiene un resplandor propio; es una reminiscencia que proviene de una necesidad primordial de lo que  da, nutre y preserva la vida. Mientras exista estas diferencias, seguirá la confusión, pero esto reta aún más a profundizar en el análisis[4].

Durante el desarrollo mismo del Concilio y en los años inmediatamente posteriores en la reflexión y espiritualidad católicas se soslayó  la realidad de María porque no se quiso abordar todo el tema de la imagen y realidad de la mujer que le estaban ligados. Fue necesario esperar a algunos desarrollos de la teología feminista para repensar a fondo el papel de la madre de Jesús en el panorama amplio del cristianismo y para revisar a fondo su estrecha vinculación con imágenes dañinas de la mujer, así como para proyectar nuevas imágenes que la acompañen en sus procesos de autoestima, autovaloración y liberación. 

Carmiña Navia Velasco
Cali – Agosto de 2012

 

 


NOTAS Y BIBLIOGRAFÍA:
 
[1] Jon Sobrino: LA IGLESIA DE LOS POBRES NO PROSPERÓ EN EL VATICANO II.
  En: Revista Concilium Nº 346, Junio 2012, Pág. 92
 
[2] Juan XXIII, Por qué se convoca el Concilio Vaticano II,  25 de Diciembre de 1981.
  En: Vaticano II, Documentos – Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1967
 
[3] Gladys Parentelli:
  La Juventud católica en América Latina hasta la década del 60
  En: AA. VV., MUJER IGLESIA LIBERACIÓN. Ediciones 1947 CA – Caracas. Pág. 51
 
[4] Catharina Halkes: MARÍA EN MI VIDA. En: Schillebeeckx-Halkes: MARÍA AYER, HOY, MAÑANA
  Ediciones Sígueme, Salamanca 2000 – Pág. 105