domingo, 7 de octubre de 2012

Hildegarda de Bingen y Juan de Ávila, ya son Doctores de la Iglesia




Hildegarda de Bingen y San Juan de Ávila ya son Doctores de la Iglesia. Así los ha proclamado esta mañana Benedicto XVI en el marco de una multitudinaria Eucaristía que se está celebrando en la Plaza de San Pedro y que supone, además, el inicio del Sínodo de los Obispos. Tras la petición formulada por el cardenal Angelo Amato, responsable de la Congregación para las Causas de los Santos, Benedicto XVI ha aceptado solemnemente con estas palabras:

Nosotros, acogiendo el deseo de muchos Hemanos en el episcopado y de tantos fieles en el mundo entero, después de haber recibido el parecer de la Congregación de las Causas de los Santos, y de haber reflexionado durante mucho tiempo y haber alcanzado el pleno y seguro convencimiento, con la plena autoridad apostólica, declaramos a San Juan De Ávila, sacerdote diocesano y Santa Hildegarda de Bingen, monja de la Orden de San Benito, doctores de la Iglesia Universal. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo".
La proclamación se produjo en la plaza de San Pedro del Vaticano, a las diez de la mañana hora española. Tras la misma, las decenas de miles de presentes en la plaza vaticana, rompieron en aplausos que duraron varios minutos y sonó música sacra.
Todas las miradas de los presentes se dirigieron hacia la fachada principal de la Basílica de San Pedro, donde cuelgan dos grandes cuadros de los nuevos doctores de la Iglesia.
Tras las lecturas de unas breves biografías de los nuevos doctores, Benedicto XVI procedió al rito de la proclamación, en latín. 

Hildegarda de Bingen (1098-1179), doctora silenciada.






Juan de Ávila es muy conocido entre nosotros, y su semblanza ha sido publicada en diversos medios. De Ildegarda en general, sabemos menos, aunque es una de las mujeres más cultas y creadoras de la Edad Media y tiene para la Iglesia mucha más importancia que San Juan de Ávila.
Ciertamente, Juan de Ávila es importante como educador, misionero y catequista... Pero su vida y acción se encuadra dentro de lo ya sabido (aunque con impulsos nuevos). Ildegarda, en cambio, nos abre hacia espacios nuevos de experiencia humana, de sabiduría femenina, de recreación cristiana. Su figura sobrepasa el ancho espacio de la Iglesia (y de sus santos), elevándose con fuerza en el campo de la poesía y de la música, de la pintura y de la espiritualidad de su tiempo.
Mirad, por ejemplo, en RD: Se dice mucho de Juan de Ávila, casi nada de Ildegarda... Me parece un agravio comparativo.
Por eso quiero presentarla hoy, recogiendo la semblanza que publiqué en mi Diccionario de Pensadores, en cuya portada aparece junto a Ratzinger y Luther King (tercera por la izquierda, en la última línea). Vayan estas líneas como homenaje a su vida creadora, intensa, en un tiempo de grandes crisis (cruzadas, nueva teología...).
Que tu presencia crezca entre nosotros, hermana Ildegarda. No necesitabas que te declararan doctora, pues lo eras, desde hace siglos, por tu vida y tus escritos, por tu experiencia de Dios y por tu defensa de las monjas, frente a los intentos de dominio de cierta jerarquía os quería sometidas. Enséñanos los caminos de Dios que tú sentías, sabías y decías, con tu propia experiencia, en tu hondo lenguaje.


LA VIDA DE HILDEGARDA
Abadesa benedictina de Rupertsberg, junto a Bingen, en Alemania. Tuvo desde niña diversas experiencias religiosas de tipo visionario. Más tarde, por orden de su confesor, escribió sus visiones de tipo teológico y dictó sus Scivias (nombre que proviene al parecer de sciens vias, conociendo los caminos). Denunció los vicios de su tiempo y anunció desastres para el futuro. Escribió también diversas obras de tipo teológico, entre ellas una Explicación del Símbolo atanasiano. Aquí nos interesan sus visiones, que siguen ejerciendo un gran influjo en nuestro tiempo, siendo editadas con cierta frecuencia .
Obras: Analecta Sanctae Hildegardis Opera, Farnborough/Hampshire 1966. En castellano: Scivias. Conoce los caminos, Trotta, Madrid 1999; Sinfonía de la armonía de las revelaciones celestiales, Trota, Madrid 2003; O desfile das virtudes. Ordo virtutum, Universidad, La Coruña 1999; Llibre de les obres divines, Proa, Barcelona 1997. Cf. F. M STEELE, The life and visions of St.Hildegard., London 1914; Ch. SINGER, The scientific views and visions of S. Hildegard, Oxford 1917, 1-55. Biografía y bibliografía en F. W. VATUS, «Hildegard», BBK II (1990) 846-851. Edición virtual: http://www.bautz.de/bbkl/h/hildegard_v_b.shtml

LA LUZ, EL ZAFIRO Y EL FUEGO
Por esta visión de la luz, Hildegarda de Bingen explica la naturaleza indivisible de la Trinidad. Podemos advertir que, lejos de limitarse a contar la visión, Hildegarda muestra una notable penetración teológica, que le permite mostrar la unidad en la Trinidad y las relaciones de origen entre las personas.
Tú ves una luz esplendente que, sin ningún rasgo de ilusión, de debilidad o de engaño, representa al Padre; y dentro de esa luz ves una forma humana, de color de zafiro, que sin rasgo de endurecimiento, de envidia ni maldad designa al Hijo en la divinidad, antes del tiempo y después en el tiempo, encarnado en el mundo, según su humanidad. Y esa forma humana arde totalmente, con un fuego suave y rojizo. Este fuego, sin rasgo alguno de debilidad, de muerte o de tinieblas, representa al Espíritu Santo, aquel por cuyo medio el Hijo de Dios ha sido concebido según la carne y ha nacido de la Virgen María en el tiempo y después ha expandido por el mundo el resplandor de luz de la verdad.
Y esta luz esplendente y este mismo fuego de color rojo llenan esta forma humana, formando así una luz única que tiene una potencia única: esto significa que el Padre, que es la equidad soberana, pero que no existe sin el hijo y el Espíritu, lo mismo que el Espíritu que abraza el corazón de los fieles, pero que no existe sin el Padre y el Hijo, y lo mismo que el Hijo, que es la plenitud de la de fecundidad, pero que no existe sin el Padre y el Espíritu Santo, son inseparables en la majestad de la divinidad. Porque el Padre no existe sin el Hijo, ni el Hijo sin el Padre, ni el Padre y el Hijo sin el Espíritu Santo.
De esa forma, las tres personas constituyen un único Dios, una misma y total majestad divina, y la unidad de la divinidad permanece indestructible en las tres personas, porque la divinidad no puede ser repartida, pues ella permanecer siempre inviolable, sin ninguna posibilidad de cambio. Y el Padre se manifiesta por el Hijo, el Hijo por el nacimiento de la creación y el Espíritu Santo por este mismo Hijo encarnado. ¿Cómo es esto? El Padre es aquel que, antes de los siglos, ha engendrado al Hijo. El Hijo es aquel por cuyo medio han sido creadas todas las cosas, al comienzo de la creación. Y el Espíritu Santo es aquel que, bajo la forma de una paloma, apareció en el bautismo de ese mismo Hijo, cuando se aproximaba el fin de los tiempos
(Scivias, 2ª parte, visión 2ª, Cerf, Paris 1996, 162-163.
Trad. parcial en V. CIRLOT, Vida y visiones de Hildegarda de Bingen, Siruela, Madrid 2001, 198).
Una columna.
De una manera original y como resultado de una visión, Hildegarda compara la Trinidad con una columna. Ella explica el sentido de esa visión que no es otro que mostrar la unidad de la Trinidad y la distinción de las personas y de sus acciones.
Entonces vi en el ángulo occidental del edificio una prodigiosa, secreta y poderosa columna de color púrpura ennegrecida, colocada de tal modo en el ángulo que aparecía hallarse fuera y dentro del edificio. Era tan grande que su altura y magnitud sobrepasaba mi entendimiento, admirablemente lisa, sin rugosidad alguna. En la parte exterior tenía tres ángulos de color de acero de la base a la cima, afilados como espadas, de los cuales uno miraba hacia el ábrego, donde había muchas hierbas secas, segadas por ese ángulo y esparcidas; otro ángulo miraba hacia el cierzo, donde habían caído muchas alitas cortadas por él; y el ángulo de en medio miraba hacia el poniente, donde yacía mucha leña podrida, talada por él, y cada una de estas cosas había sido cortada por los ángulos, debido a su temeridad [...].
La columna que tú ves en el ángulo occidental del edificio que te he mostrado, conforme a la imagen de la verdadera Trinidad, significa que el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo constituyen un solo Dios en Trinidad, y que esta Trinidad está unida, como columna perfecta del bien total, penetrando cimas y abismos y rigiendo todo el universo.
Ella aparece del lado del poniente, lo que significa que el Hijo de Dios, encarnado en el fin de los tiempos, es decir, en su poniente, ha glorificado siempre a su Padre y ha prometido el Espíritu Santo a sus discípulos, cuando este mismo Hijo, sometiéndose a la muerte según la voluntad del Padre, ha dado a los hombres un ejemplo perfecto para que, a su vez, ellos avancen rectos hacia la morada del Padre supremo, realizando en el Espíritu Santo, las obras verdaderas y justas. La columna se muestra admirable, apartada y muy sólida.
Esto significa que Dios es tan admirable en sus creaturas que de ninguna forma puede ser transformado por ellas. Dios está tan apartado que ninguna ciencia o sensación puede captarle; es tan sólido que todas las restantes fuerzas están dirigidas por él y no pueden compararse con la suya [...]. De esa forma, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo atestiguan que no se distinguen por su poder, aunque se distinguen por sus personas, porque actúan simultáneamente en la unidad de una sustancia simple e inmutable.
¿Cómo sucede esto? Porque existe el Padre que crea todas las cosas por el Verbo, es decir, por su Hijo, en el Espíritu Santo; porque existe el Hijo, por quien todas las cosas se cumplen, en el Padre y el Espíritu Santo; porque existe el Espíritu santo, por quien todas las cosas toman forma, en el Padre y en el Hijo. Y estas tres personas existen en la unidad de una sustancia inseparable, aunque de ninguna manera se puede sustituir una por la otra. ¿Cómo sucede esto?
Porque aquel que ha engendrado es el Padre, el que ha nacido es el Hijo y el que procede con fuerza ardiente y se ha mostrado sobre las aguas bajo forma de un ave inocente y las ha santificado y ha llenado a los apóstoles con el fuego ardiente es el Espíritu Santo. Porque, antes del surgimiento de los siglos, el Padre ha tenido un Hijo y el Hijo existe junto al Padre, mientras el Espíritu Santo era coeterno al Padre y al Hijo en la unidad divina. Por esta razón debemos poner de relieve que si faltara una o dos personas de la Trinidad, no existiría Dios en su plenitud. ¿Cómo sucede esto? Porque ellas constituyen la unidad de la divinidad y porque, si una de ellas faltara, Dios no existiría. Porque, aunque esas personas sean distintas, sin embargo, ellas constituyen una única sustancia, intacta e inmutable, sustancia de inestimable belleza, que perdura siempre en su unidad indivisible.
(Scivias, Cerf, Paris 1996, 534-535, 545.
Trad. parcial en V. CIRLOT, Vida y visiones de Hildegaerda de Bingen, Siruela, Madrid 2001, 232)







No hay comentarios:

Publicar un comentario